Qué tienen en común El Quijote, la ciega señorita Justicia, y Jesús Malverde, el santos de los narcotraficantes, parece una pregunta en broma o algún clásico artilugio popular de comparaciones cínicas pero que nos harán reir.
El clásico juego de lo extremos sin posibilidades de similitud o semejanza alguna, pero que por alguna razón son vías paraleas que en algún momento se cruzan.
Una respuesta razonable podría decir que nada. O en todo caso que quizá los tres buscan igualdad a su modo, bajo el signo de lo imposible: en que el lenguaje no nos hace diferentes, en que el peso de la ley será siempre justo, en que un robin hood sinaloense puede acortar las penurias de los más pobres.
Malverde es una efigie presidencial, vestido de ganadero, custodiado por una justicia que mira al cielo sin dejar de mostrarle a sus espaldas que la espada también lo puede tocar, mientras el Quijote se siente en otro mundo, ajeno.
Sólo el vendedor de estas tienda para turistas del centro de Durango, da muestra de tener los pies sobre la tierra, con su ojos dirigidos a la cámara del otro lado de los tres íconos.
Muchachos, son sólo artesanías, parece decir. Apenas marketing de vidriera.
Pasen y compren.



